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27 de julio de 2010

Contigo, no. ¡Con Papá! - Revista Cranwell, Julio 2010

Las mamás soñamos con el momento que nuestro hijo/a se nos despegue y quiera ir un rato con su papá pero cuando esa frase llega, una avalancha de sentimientos encontrados se apodera de nosotras. Los papás de hoy no son los papás de antes. Pero, ¿qué pasó?

En un comienzo, cuando los seres humanos eran nómades, el hombre dejaba a su mujer y a sus “crías” para salir a la caza y a la pesca, y así alimentar a su “rebaño”. La mujer era la que estaba con los niños todo el día, el hombre tenía otras obligaciones y poco participaba de la educación de sus hijos. A medida que fuimos evolucionando, que apareció la agricultura y nos fuimos estableciendo, el hombre siguió desarrollando sus roles fuera del núcleo familiar en la búsqueda de poderío, en la conquista de territorios, en el desarrollo profesional, mientras que nuestro lugar pareció quedar socialmente relegado al cuidado del hogar y la crianza de los hijos.

De aquellos años a la fecha, las cosas han cambiado mucho, tanto para hombres como para mujeres. La aparición de la pastilla anticonceptiva revolucionó a la sociedad, dándonos el poder de planificar la maternidad acorde a nuestras necesidades personales y permitiéndonos crecer profesionalmente para salir al mercado laboral, un mundo en dónde, hasta entonces, los hombres eran mayoría. Este cambio, esta revolución, “forzó” al hombre a tomar otro papel dentro de su familia; especialmente en relación a los hijos. Desde los años 70 hasta hoy en día, el rol del padre ha ido ganando experiencia y reconocimiento, y hoy no hay quien dude de la importancia del hombre en el desarrollo de sus hijos, desde la concepción en adelante.

Mientras estamos embarazadas, la compañía, la comprensión y la protección de nuestra pareja son fundamentales. Nos miramos al espejo y ya no reconocemos nuestro cuerpo; nuestras emociones van y vienen sin parar y a veces, no logramos identificar lo que nos sucede. Una vez que nuestro bebé nace, la mayoría de los hombres debe aprender a descubrir su instinto paternal.

Muchas veces, las mamás esperamos que este instinto paternal surja tan pronto como a nosotras nos baja la leche después del nacimiento y la verdad es que no siempre es así. A partir de que sostenemos nuestra primera muñeca, nosotras nos “entrenamos” para invocar el instinto maternal, nos postergamos por nuestro retoño, y asumimos el rol de madre con cierta entrega, y hasta sumisión. No todos los hombres lo viven así, y por eso ellos siguen con sus rutinas, sus actividades, su vida profesional “como si nada”. Son incontables las charlas que recuerdo: “yo creo que tendrías que postergar algo tú también, no?”, “¡¿tenés fútbol justo a esa hora?!”, “¿¿¿invitaste amigos a casa???”

A medida que el instinto paternal se va despertando, los momentos del papá con su pequeño van en aumento así como el disfrute por su nuevo rol. Pero el rol del padre, del hombre de la casa, también es fundamental para nosotras, esposas y madres. Él es quien nos dará una palabra de aliento cada vez que nos sintamos perdidas, es quien nos protegerá de los interminables consejos que “nos lloverán” de todos lados, es quien nos aplaudirá con los logros de nuestros niños, es en quien podremos delegar algunas tareas del hogar para no sentir que “todo” se nos va de las manos. ¡De más está aclarar que en muchos casos estos papás también ayudarán con mamaderas, baños, pañales, y hasta visitas al médico!

A partir de los dos años, el niño se volverá más independiente y en esta nueva etapa el papá deberá ayudarnos a separarnos de nuestro niño. Este momento es muy esperado por los padres que desde el día que nace el pequeño no hacen más que soñar con el momento en que hablen, caminen, etc. etc. Al principio, puede que las mamás tengamos que ayudar y orientar a los papás en qué hacer, a dónde ir, a qué jugar. Creo que es importante que las mamás les demos a los papás las herramientas necesarias para que estos momentos sean especiales para todos.

Los niños, por su parte, están deseosos de descubrir el mundo de la mano de alguien más que nosotras. El padre abrirá nuevos horizontes para el niño, estableciendo con su hijo/a una relación que está basada en códigos distintos a aquellos de la relación con nosotras. Así, poco a poco, irá comprendiendo que el mundo no se trata solamente de amor, contacto, nutrición, sino también de nuevas experiencias, tal vez más excitantes, más peligrosas, donde hay que correr más riesgos. Entonces, entre otros, jugarán a las “luchas”, a las “cosquillas”, habrá chistes que no entendemos y pronto disfrutarán de cierta complicidad en la que nosotras no entramos. Y hasta puede que en alguna oportunidad nos sintamos dejadas de lado, “abandonadas” por esa criaturita que hasta unos meses atrás nos necesitaba para absolutamente todo. Pero así es como debe ser. El rol del padre adquiere gran importancia para ayudar y apoyar el proceso natural de maduración del niño.

Vivimos en una sociedad de cambio. Los períodos generacionales cada vez son más cortos y así como podemos encontrar hombres que dominan su rol de padre, habrá otros que les cueste un poco más. Las mujeres, las mamás, tenemos la obligación, la responsabilidad de fomentar la relación padre – hijos. Esto no es sólo para que nos ayuden, sino para que participen en las vidas de los pequeños enriqueciendo su crecimiento con distintos puntos de vista, distintas vivencias, distintas reacciones, etc. etc. etc. Nos gusta que nuestros hijos digan que “mamá hay una sola”. Pero ayudemos para que también sientan y defiendan que “papá hay uno solo y por suerte me tocó a mí”.

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